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Jueves, 23 de Octubre de 2008




Chile en SIDA: El Estado fortalece la vulnerabilidad y amplia los riesgos

¿Qué podemos hacer si ya nuestra sociedad lleva treinta años pensando en cómo resolver los problemas de la prevención y, hace pocos días, los que debieron ser más concientes han caído en un letargo? Hay dos soluciones inmediatamente posibles. Primera, abrir los servicios para establecer un trabajo, de igual a igual, entre los militantes del paradigma biomédico y los expertos de las organizaciones conformadas por o a favor de las personas que viven con VIH/SIDA.

*Por Nicolás Gómez

El uso social del paradigma biomédico permite conjurar las incertidumbres, tanto las que provienen de las tensiones generadas por los usuarios de sus servicios como las que emergen de las irrupciones de los medios de comunicación, especialmente cuando los militantes del paradigma biomédico deben dar respuestas que no sólo expliquen las estrategias de intervención, sino que además hagan comprensible las inconsistencias de los componentes de la política de salud ya descentralizada, y de cuya gestión resulta la vida o la muerte.

El paradigma biomédico, al igual que otras formas de generar conocimiento y de atribuirlo, constituye la realidad dentro de cada hospital y cuando sale del servicio, esa realidad llega hasta los sistemas educacionales donde se comparten las expresiones de las autoridades. No es menor, por tanto, detenerse en sus dichos y cuestionar cómo las autoridades ocultan, desvirtúan, aseveran e hilvanan las compresiones sobre la vida o la  muerte.

Entonces es posible señalar que la construcción del SIDA desde ese paradigma y desde el Estado chileno, no sólo es peligrosa porque mantiene la vigencia de las categorías desechadas por falsas, a saber: “portadores”, “contagio”, “epidemia”, “población beneficiaria” y “paciente”, o porque asume como certeza el hecho que una persona viviendo con VIH, es una persona muerta. El peligro está en la ampliación de la vulnerabilidad que el paradigma biomédico reproduce cuando presenta a las relaciones entre los funcionarios y de ellos con las personas que concurren al hospital como las únicas realidades ahí posibles. Esto, claro está, gracias a una cultura que recubre al hospital volviéndolo inmune a la deliberación democrática, clausurándolo al acceso de otras fuentes de saber e inmunizándolo ante los procesos de investigación de la misma justicia que se le aplica a los usuarios de sus servicios. Es decir, ampliando los riesgos.

¿Cuáles son las certezas con las cuales trabaja el paradigma biomédico? Podemos sostener que a las personas que viven con VIH se las asume como receptáculos de cargas virales, lo importante no son los receptáculos sino que las trayectorias que tienen esos portadores. Reducidas a esa calidad, esas personas que viven con VIH son relegadas al olvido, es decir, pueden pasar más de siete años antes que el responsable del servicio transforme su sensibilidad y concrete una acción; e, inmediatamente, los militantes del paradigma biomédico deben creer en un juicio anticipado cuyo resultado sostiene a los operadores de los objetivitos estratégicos emanados de la alta dirección pública en los debates de un canal de televisión, un programa de radio o en los argumentos que dan a la prensa escrita. La relación en esta cadena finita es de ida y vuelta, tiene nombres y apellidos y su fuerza radica en las fuentes del poder que les permite presionar para dejar “hasta ahí no más las cosas”. Eso les asegura estar en el hospital, o en sus alrededores.

En consecuencia, los militantes del paradigma biomédico asumen que las familias, amigos y organizaciones no gubernamentales gestadas por o a favor de los que viven con VIH, no cuentan con las capacidades para dar respuestas eficientes y pertinentes a las consecuencias del SIDA, es decir: no están habilitadas para trabajar en ciencia y en política pública. Luego, suceden dos escenarios.

Primero, los militantes del paradigma biomédico limitan o excluyen el uso de los resultados gestados por la masa crítica aloja en las redes de personas naturales y organizaciones privadas sin fines de lucro que se abocan a tratar a las personas que viven con VIH/SIDA. Nótese que no hablamos del trabajo con el virus, debido a que es en ese ámbito donde el paradigma biomédico ha demostrado ser certero, pertinente y válido. Además, subutilizan el capital humano ya formado en la sociedad civil, empleándolo figurativamente para mostrar su aparente proximidad a esa sensibilidad social, o política.

La indicación elemental de este escenario es el uso de la expresión: “nosotros”, especialmente cuando se quiere tomar para sí, lo que el Estado no ha hecho. En ese juego de apropiación van quedando en el camino las personas y organizaciones que gestaron los contenidos de las campañas de prevención, los estudios sobre una propuesta para tener Ley del SIDA, los que idearon las pedagogías del acompañamiento y la educación sexual, la fuerza de la organización para poner en forma la respuesta chilena al SIDA y la incansable reflexión para conformar un saber que brinda un nuevo trato hacia la sexualidad y hacia los y las que viven con VIH, incluido el acervo de categorías que hoy nos permiten definir claramente qué es riesgo y qué es vulnerabilidad frente al SIDA. Desde donde podemos asumir que el SIDA no es una epidemia, sino una pandemia; que se transmite y no se contagia, que no mata sino que es una enfermedad crónica.

El segundo escenario es el argumento recurrente dentro del paradigma biomédico cuando enfrenta la muerte de lo que ahí se llama: un portador. Y funciona como un cierre de filas. Este argumento versa sobre la imposibilidad que tienen los que no son militantes del paradigma, es decir: los ciudadanos, para saber respuestas sobre la muerte: ¿Qué ha sucedido?, ¿Cuántos errores hay?, ¿Quién es o son los responsables?, ¿Quién, al final de cuentas, ha cometido el delito, no por desconocimiento sino por saber lo que sucede y no tomar medidas?, ¿En qué se gastó el dinero de los recursos humanos que estaban asignados a estas funciones, o, qué funciones hicieron para dejar de hacer lo que debían hacer?, ¿Quién ordenó “dejar para otro día” lo que se debía hacer ayer?, ¿Qué resultados muestra la evaluación del clima organizacional para comprender el porqué sucede lo que sucede?, ¿Cuál es el resultado de la evaluación de impacto de la gestión hospitalaria, no sólo de ese servicio sino de cada uno de los servicios de nuestro país respecto a estas materias, al menos?, ¿Qué vínculos mantiene el servicios con entidades especializadas en acompañamiento de personas que viven con VIH?, ¿Existe una capacitación  regular que mantenga en alerta al funcionario que hace la pega, a ese de trato directo con el paciente, o a ese médico solitario que como quijote gana poco y da mucho?, ¿Por qué los hospitales están administrados desde el paradigma biomédico y no por el técnico-científico, el burocrático, el socio médico o el sicosocial?          

Teniendo respuestas a las anteriores preguntas pero sin hacerlas públicas, los militantes del paradigma biomédico pretenden convencer a vivos y muertos que el problema está controlado. Luego, diluyen la responsabilidad al dejar los factores del riesgo frente al SIDA en ese anónimo que es: “la sociedad”, cuyas especificidades son: “todos somos responsables”, “la persona debió asistir a buscar sus resultados”, “la ley dice”, “es mejor que dejemos trabajar a los que saben” y “se conformará una comisión que asesore”.

¿Qué podemos hacer si ya nuestra sociedad lleva treinta años pensando en cómo resolver los problemas de la prevención y, hace pocos días, los que debieron ser más concientes han caído en un letargo? Hay dos soluciones inmediatamente posibles. Primera, abrir los servicios para establecer un trabajo, de igual a igual, entre los militantes del paradigma biomédico y los expertos de las organizaciones conformadas por o a favor de las personas que viven con VIH/SIDA.

Estas últimas organizaciones no sólo deberían fiscalizar los procedimientos, sino que trabajar en los servicios que son extra-médicos o extra-quirúrgicos. La segunda respuesta sería usar los recursos económicos asignados para la ciencia: CONICYT, FONDECYT, y los destinados para su uso: FDNR y CORFO, a objeto de sostener una comunidad de aprendizaje que tome los problemas sociotécnicos de los servicios de salud y cree o adapte procedimientos que mejoren la atención.

Por ejemplo, su primera tarea sería diseñar e implementar la plataforma digital para sacar del papel y la fotocopia, los antecedentes de las fichas de las personas que viven con VIH/SIDA y, al mismo tiempo, idear según el contexto geográfico, social y económico, el acompañamiento y la educación sexual que se requiere para las familias y sus vecindades. Este punto será aprobado inmediatamente por quienes sea han opuesto siempre a la educación sexual en los sistemas educacionales públicos y más allá. Esto lo supongo en la medida que la Unión Demócrata Independiente (UDI) se ha mostrado consternada al saber que un informe de 2001 ya indicaba que varias actividades claves no se estaban haciendo en el hospital de Iquique y, por tanto, se declara preocupada por el descontrol de la pandemia del SIDA.

Finalmente, el hospital de Iquique nos informa que la educación sexual y sus particularidades como, por ejemplo: las informaciones técnicas de la prevención de las Enfermedades de Transmisión Sexual, no es sólo para niños, adolescentes y jóvenes, sino que para la comunidad y sus autoridades, especialmente para las autoridades que manejan la vida y la muerte. Porque, como tristemente lo hemos comprobado, el SIDA no se detiene con más condón, sino que con la reducción de la disociación conductual, la misma que estuvo presente en ese grupo de personas del paradigma biomédico que dejó en el olvido a Dearnny y Juan.

* Sociólogo, Encargado de Programa de Prevención FASIC.