A fines de la década perdida de los ochentas las personas que vivían con VIH eran rotuladas como “portadores” en los diseños de las políticas de salud, y relegadas a un rincón por los operadores de los objetivitos estratégicos emanados de la alta dirección pública. Tuvo que ser un par de hombres de blanco, muchos amigos, familiares y sobre todo, algunos que vivieron con VIH, los que comenzaron la gesta por un trato y un saber distinto.
Desde 1985 y hasta 1995, se estabiliza una masa crítica que se aloja en una red compuesta por personas naturales y organizaciones privadas sin fines de lucro. Con el tiempo, esta red produce externalidades que son aprovechadas por los técnicos de la salud y del gobierno para sus fines mediatos pero sin sumarse a esta red sociotécnica, es decir: sin invertir en sus certezas -menos aún en sus intuiciones- y procediendo a extraer el capital humano ya formado para que cumpliese labores administrativas en el Estado.
Esta relación, normal en los complejos científicos y tecnológicos de los países exportadores de materias primas sin valor agregado o con economías de enclave minero; permite comprender, por ejemplo, la existencia de un tiempo en donde el relato biológico-médico del SIDA no empleaba los resultados lexicológicos hechos por la red que había asumido el SIDA como un problema social, como una pandemia. Por tanto, el relato biológico-médico continuó refiriéndose a las personas como “portadores” y considerando que ellas, o sus organizaciones, no contaba con las capacidades para dar respuestas eficientes y pertinentes a las consecuencias del SIDA, es decir, no estaban habilitadas para trabajar en ciencia y en política pública.
Sin embargo, el ethos tecnológico de esa red ya estaba bastante maduro como para validar la ubicación que se le quería asignar bajo los siguientes estigmas: “población vulnerable”, “población objetivo” o “población beneficiaria”, y esto se explica porque para fines de la década de los noventa, no sólo se sabía como hacer un acompañamiento, sino que, los que lo habían hecho reconocieron que esa forma organizada de encuentros mantenía la regularidad del tratamiento, evitando deserciones o inconsistencia temporales en el consumo de las drogas de la tri-terapia; y cada grupo de acompañamiento confeccionó un relato que permitió transferir el paradigma que se usaba, es decir, transformaron el saber científico en saber técnico.
Existen otros ejemplos de este tipo entre los integrantes de la red que trabaja en SIDA, los cuales deben ser analizados si se quiere comprender cómo el ethos que ella ha ido constituyendo se relaciona con los que gobiernan las distintas reparticiones del Estado, pertenecen a otras organizaciones de la sociedad civil y se ubican en las empresas.
Pero, para finalizar el presente argumento, basta señalar que a pesar de los esfuerzos intelectuales, económicos y emocionales realizados por los que han conformado la red sociotécnica del SIDA en Chile, no parece que ellos hubiesen logrado una posición en el campo científico y, mucho menos, en el campo político, debido a que siempre han necesitado o se les ha impuesto intermediarios, operadores o negociadores que hagan por ellos, lo que nunca ellos han podido hacer: gestionar recursos políticos, económicos y científicos para lo que la red hace desde el final de la década del noventa.
Esta dimensión, evidentemente, parece ser una cualidad del ethos de la red que trabaja en SIDA en Chile, el cual define una disposición para identificar problemas, volcar sus ignorancias y concretar las respuestas a pesar de no contar con recursos suficientes. Esta cualidad, efectivamente, distingue el ethos de esta red de otro ethos que se sustenta, al menos, en “aparecer” haciendo uso de los resultados de la ciencia, si y siempre si, existe disponible un recurso económico que contribuya a reproducir las necesidades individuales de un grupo que estima que el bien común está resuelto cuando está concluido el bien privado.
Por Nicolás Gómez, sociólogo/ Programa Prevención, Área de Capacitación y Desarrollo de FASIC