Día tras día vemos en la televisión cómo los seres humanos se violentan con facilidad, desde la frase grosera hasta los golpes, pasando por la descalificación, la discriminación, los prejuicios, la intolerancia, la no aceptación de las personas, y otras formas, todas las cuales repercuten en las relaciones familiares y en la sociedad.
La violencia es un aprendizaje cultural, que se viene practicando de tiempos inmemoriales en nuestras vidas. Esto no indica que tenemos que seguir repitiendo estos mismos patrones culturales en la actualidad. ¿Cuándo nos vamos a detener a reflexionar qué nos está sucediendo que somos agresivos? ¿Por qué, a veces, respondemos en forma violenta? Si la violencia es un aprendizaje, ‘desaprendamos’ estas reacciones, para buscar otras formas de acercamiento y encuentro entre los seres humanos.
Las personas tenemos voluntad y razón, como características esenciales. Usemos la voluntad, queriendo revisar nuestros actos violentos; pensemos razonablemente que las acciones violentas afectan a otro ser humano, tan valioso como el que ejecuta la agresión o la violencia.
Los niños, niñas y jóvenes tienen de ‘modelo de vida’ a sus adultos. Entonces, cabe preguntarse ¿estamos los adultos sirviendo de modelos que contribuyan a mostrar una vida fundada en actos pacíficos? ¿Actuamos los adultos basados en valores arraigados en nuestro ser, que faciliten la construcción de una familia afectuosa y respetuosa de las diferencias? ¿Estamos promoviendo una sociedad que reciba a las y los jóvenes en los distintos ámbitos culturales, de modo que se integren como personas vitales, aportantes y pacíficas?
En las Escuelas hay preocupación entre los docentes, porque ‘los juegos de manos’ han pasado a ser un poco más fuertes, más violentos, llegando en algunos lugares a agredirse con armas de distinto tipo. Esto mismo lleva a los profesionales de la educación a abordar el tema de la violencia con otras perspectivas. Por un lado, buscando información y metodologías para educar, abordando la cultura de la violencia a partir de la experiencia y llevando a reflexionar sobre los valores que construyen: amistad, fraternidad, solidaridad, compañerismo, de tal forma que se provoque en los y las estudiantes un cambio de actitud en sus relaciones humanas cotidianas. Por otro lado, se organizan y planifican acciones que motiven y sensibilicen a todos los integrantes de la comunidad educativa, a través de las celebraciones de las efemérides, de los diarios murales, de las reuniones con apoderados/as, de actividades recreativo-deportivas, con la inclusión de consignas positivas, impulsoras de la no violencia, que produzcan cuestionamientos de la forma en que debe darse la convivencia en el ámbito escolar, familiar y social.
En el ámbito poblacional, la gente tiene temor, desconfianza, porque se resuelven los conflictos con agresiones o actos violentos. Se está valorando el ‘ser choro’ para alcanzar un espacio de respeto entre los pobladores. Es cierto que la adicción a las drogas y al alcohol contribuyen a desequilibrar las mentes, pero también la falta de espacios recreativos, la cesantía, la pobreza, la marginalidad y, porqué no decirlo, la carencia de integración a una sociedad con futuro, personal y familiar.
Pero no tan oscuro es el panorama, todavía podemos modificar esta realidad, antes que se nos escape la violencia. La tarea es de cada uno y cada una. ¿Qué puedo hacer yo, ahora, para aportar al cambio de esta realidad?
No hay sólo una receta o un instructivo para abordar el tema de la violencia en todas sus manifestaciones. Nuestro primer punto de partida es reconocer que somos persona, única y diferente. De esta convicción, debe surgir, desde lo profundo de mi ser, el respeto por cada persona, cada ser humano es valioso por sí mismo y merece ser tratado con dignidad.
Otro elemento necesario es la comunicación por medio del diálogo, única forma de entendimiento entre las personas. A veces, hacemos ‘diálogo de sordos’, donde no se da la comunicación con fluidez y con capacidad para escuchar a la otra persona. Entonces, las ideas se deben comunicar con claridad, precisión y, sobre todo, con prudencia para no herir o dañar a nadie, pero sin dejar de ser directos. La prudencia ayuda a prever y evitar los peligros. Esta actitud implica mesura, discreción y sabiduría, para mantener concordancia y armonía con las personas.
Un tercer factor importante en las relaciones humanas es el afecto que debemos tener con las personas, quien sea que esté frente a nosotros. Usted y yo necesitamos manifestaciones de aprecio, cordialidad, estimación y cariño. ¡Nos hace tan bien sentirnos valorados y queridos! ¡No cuesta nada! Sólo ser simpático y empático con las personas.
¿Podrán ayudarnos estos aspectos a disminuir la violencia en nuestro diario existir? ¿Tengo que hacer mucho esfuerzo para cambiar de actitud ante la violencia? Cualquier voluntad y energía que empeñemos en la tarea de autocontrol de nuestros actos; de promover formas pacíficas de resolución de conflictos; de respetar los derechos y responsabilidades; en definitiva, de impulsar y elevar la dignidad humana, contribuirán a aminorar y disminuir la violencia, antes que se nos escape de nuestras relaciones personales, familiares y sociales.
Belisario Magaña, Profesor encargado del Programa No Violencia del Área de Desarrollo y Capacitación en DD.HH de FASIC